El abusador elige un objeto de amor que va a destruir



ENTREVISTA: Marcela Cozman, psicóloga
miércoles 01 de febrero de 2012 Salta

La psicóloga Marcela Cozman ha tratado a víctimas y victimarios de abuso sexual en sus años de ejercicio profesional. Actualmente, aparte de sostener su propio consultorio, trabaja para el Estado en el centro de salud del barrio Limache.
¿Existen centros estatales de ayuda a las víctimas de abuso sexual?
En general se derivan a centros de salud, hospitales o centros privados. En la actualidad, puede decirse que las salitas de las diferentes zonas de la ciudad cuentan con psicólogos para atender este y otros tipos de casos.
¿Cómo se puede detectar a un niño que ha sido abusado?
Hay indicios que en general el niño expresa, porque desea que se enteren de lo que le está sucediendo. A pesar de eso, a veces la misma familia no quiere darse cuenta, porque las consecuencias pueden ser hasta su disolución. Luego, esos indicadores dependen de si el abuso fue reciente o no. Cuando es reciente, los chicos reaccionan igual a cualquier otro problema serio. Los síntomas son parecidos a reacciones post-traumáticas. Se denotan cambios de conducta, se ponen muy agresivos, tienen insomnio o están hipersensibilizados, no quieren que se los hable, que se los toque, tienen problemas de alimentación y de relación con los otros. Surgen problemas en la escuela porque están ausentes, dispersos, no quieren jugar y se aislan. Hay también rasgos físicos, como moretones y golpes, no necesariamente en zonas genitales.
¿Y el niño que es abusado desde hace mucho tiempo?
En estos casos pueden aparecer conductas de hiperadaptación. Los chicos que son abusados reiteradamente pueden presentar conductas de sumisión depresiva. También pueden tener preguntas o actividades sexuales que no tienen que ver con su edad. Por ejemplo, una masturbación compulsiva a los ocho años no es frecuente. También cuando las preguntas en torno al sexo son obsesivas o muestran signos de conocer ciertas cosas que son raras para los chicos de su edad… En general la curiosidad sexual surge en torno a los diez años. Antes está el pudor. No son signos definitivos, pero ahí debe estar la vigilancia del adulto.
¿Qué consecuencias tendrá la persona abusada en la adultez?
El otro día leía un artículo donde se decía que la secuela que deja el abuso sexual infantil en el adulto, es igual a un balazo a quemarropa en el aparato psíquico. Y es absolutamente así. Los adultos abusados en la infancia, en general muestran un aparto psíquico devastado. Y las víctimas llegan a adultos con los pedazos que han podido reunir para seguir viviendo. Y como adultos, tienen muchas dificultades para separarse de los padres, para encarar relaciones amorosas duraderas, no logran adquirir una vida sexual plena, etc. Como en general el abuso es ejercido por gente cercana, por alguien que en la mayoría de las veces la víctima tiene una relación afectuosa, a veces la víctima se identifica con el agresor.
¿Recibe muchos casos de adultos abusados en la infancia?
Como es tema tabú, muchas veces se niega, no se denuncia, ni se cuenta. Eso hace que parezca un hecho extraordinario, pero es mucho más frecuente de lo que se puede suponer. Por ejemplo, en la adolescencia hay muchos juegos sexuales, hay cosas relacionadas… Pero la dificultad es cuando estos juegos incluyen a chicos con mucha diferencia de edad. Quiero decir, no es lo mismo que dos niños de seis años se muestren los genitales entre sí, que cuando participa uno de doce años. Por eso es imprescindible la supervisión de los adultos. Los niños necesitan ser supervisados en sus reuniones con primos, amigos del barrio, incluso con sus hermanos. Luego, la educación sexual. Nos vemos obligados a advertir a los chicos acerca del cuidado del cuerpo. Es un bajón, pero es la única forma de prepararlos.
¿La familia prefiere no volver a tocar el tema?
En los casos que he tenido, en los que hay sospechas de abuso, los chicos en general no vienen más. Como son traídos por sus padres o sus familiares, y representan un problema complejo para la familia, no todos están dispuestos a resolverlo. Entonces directamente no los mandan más al psicólogo.
¿Y no es mejor olvidar el asunto?
El mejor pronóstico de recuperación de la víctima, es aquel donde los padres se han hecho cargo del asunto y lo defienden a rajatabla. Es como si el chico tuviera un accidente y los padres se hicieran cargo de su situación. Entonces, el trauma de un accidente grave va a estar presente, pero estuvieron los padres para ayudarlo y curarlo. Sin ese apoyo, el niño se queda sin nada, en total estado de abandonado.
¿Qué le excita de un niño a un abusador?
La sexualidad es plástica y puede tomar como objeto de deseo muchas cosas, personas, elementos. Pero, de todas las formas de la sexualidad que esto provoca, las únicas que son ilegales o que constituyen un delito, son las que se ejercen con niños o forzamientos. En general las situaciones con niños se dan en sujetos perversos, que deben elegir como objeto de amor algo que van a destruir. Allí radica su gozo sexual. No les parecen atractivos un niño o una niña, sino la destrucción, la humillación y el sometimiento que puede provocarle al objeto amado.

Padres último modelo


Supongamos un embarazo ideal, en el marco de una pareja estable y amorosa, con un embarazo aceptado y quizá hasta planificado, porque las variantes son unas cuantas y en esos casos es muy distinto la forma en que pueden actuar los diferentes futuros padres y futuras madres incluso.

Pero voy a referirme exclusivamente a un supuesto de variables controlables. De todos modos es complicado sin situar éste hipotético padre, sin un marco referencial, independientemente de las diferencias individuales.

Me refiero un marco referencial del tipo de: Qué se supone debe ser un padre, como se supone que debe actuar, que aspectos dichos y no dichos participan de éste modelo. Cuál es el modelo parental vigente.
Hasta no hace mucho tiempo (quizá los abuelos) el modelo parental estaba referido a un referente de autoridad,( hasta autoritario, incluso, en el peor de los casos) Un padre de reglas, de castigo, de respeto. Este modelo fue virando a otro de dialogo, mas laxo, (hasta ausente en el peor de los casos) Así el modelo femenino viró también de la reina del hogar a la mujer del trabajo, con sus implicancias en su rol de maternaje.

Los cambios repentinos de modelo siempre traen aparejado una buena franja generacional de desconciertos y confusión hasta encontrar uno nuevo que ofrezca las menores consecuencias negativas posibles, pero así y todo, lo social también se moviliza en parte por ensayo y error.

El modelo parental vigente, sigue los lineamientos del Padre proveedor. El padre actual está aun, en la mayoría de los casos, convencido que su rol fundamental es el de llevar el sustento y suele verse en la retaguardia en la crianza de los hijos. Algo así como que la crianza sigue siendo cosas de mujeres y puesto que dudan de su rol de autoridad (modelo en decadencia) les cuesta poder acomodarse en un lugar parental efectivo.
Quieren participar y dudan del como y terminan delegando a la mujer, que por otro lado también suelen participar en el sustento del hogar.

Hay padres que se las arreglan bastante bien, seguramente, pero lo que digo es que es muy difícil tener una posición clara cuando asistimos a un cambio social de modelo.

La participación en el embarazo y parto de sus esposas no escapa a la regla. Se supone que deben acompañar y asistir a la madre. Aunque ésto no es lo mas común de ver en los consultorios médicos públicos y privados. Puede observarse colas de mujeres panzonas solas con algunas excepciones claro. Aun antes, en el control de la natalidad se repite éste fenómeno, donde la anticoncepción es puesta del lado de la mujer predominantemente.

Un futuro padre asustado o confuso puede dispararse hacia varias conductas posible sin ser señal necesaria de desamor. Puede desaparecer. Buscar pretextos para no estar. Puede ponerse obsesivo con su esposa, dando instrucciones todo el tiempo o cuestionándola, retándola, volverse un verdadero insoportable. La regla sería: Donde hay una exageración, hay un gran susto.

La mujer está allí, con su panza que mas de una vez le dá pautas de que hacer y que no. Dormir, comer ésto o evitar lo otro. Su cuerpo grávido “le habla” y la mayor parte de las veces con hacerle caso, tiene un camino guiado. Pero ¿y el hombre? Muchas veces puede ganarle la impotencia, ¡porque su cuerpo no le dice nada! Una solución inconsciente curiosa es la identificación con su esposa, algo así como una solidaridad sintomática, entonces participan activamente de las nauseas o los mareos sin motivo aparente. Sentir en el propio cuerpo los malestares constituye entonces un tierno y fallido acompañamiento.

Hay hombres por otra parte, que asisten firmemente, posicionándose como un pilar donde la embarazada, muchas veces endeble, puede sostenerse frente a sus necesidades y sus flaquezas. Es un tema que se puede trabajar y no resignarse a lo que nos sale únicamente. ¿Porque? porque vale la pena. Alguien está naciendo, no es poca cosa, la madre estará allí, seguro y ¿el padre? Ojalá no se lo pierda.

Horario de Visita


El sopor de un sueño medicado provocaba despertares confusos, de todos modos hace rato que no se esforzaba por conectarse inmediatamente con esa realidad de luces artificiales y ruiditos metálicos.

Esa enorme pelota roja ¿existe o no? Quien sabe.

Un rato después, los sonidos fueron apareciendo de a poco como si los encendieran llaves: la gente que caminaba, las conversaciones, objetos siendo movidos, el teléfono. Y de a uno fueron prendiéndose también los olores.

La gran pelota roja seguía allí, pero ya no se veía tan grande. Atrás, el rostro sonriente de la hermana.

– Gracias a esas payasadas, nos van a echar de nuevo- dijo ella, acurrucándose en la cama y su sonrisa se disparó sola, conspirando con la de la hermana.

Miró su reflejo en el cristal y se acomodó la nariz de plástico flexible.

A casi todos les había encantado. Muchos esperaban la hora de visita para ver el ingreso de la excéntrica hermana al salón de Terapia. A casi todos les gustaba. No a la enfermera ceceosa, claro. Ella había irrumpido en mas de una ocasión al sector privado donde estaban las hermanas y las había acusado de irrespetuosas y que eso no era un zalón de fieztaz y que había que rezpetar a loz enfermoz.

Las dos escucharon en silencio los reclamos de la enfermera ceceosa
– Zi, usted tiene razón- dijo la hermana

Y ninguna de las dos pudo resistir las carcajadas.

La enfermera salió hecha una furia, sin decir más palabras.

Los pacientes de las otras camas, hacían esfuerzos por incorporarse y fisgonear a través del cristal que los separaba, para contagiarse de ese festín de sollozos de risas que duró varios minutos.

– ¿Qué queda en el protocolo que hicimos?- preguntó ella.

La hermana sacó de la cartera un papel viejo y arrugado, le echó un vistazo como si no lo supiera de memoria.

– Bueno… veamos… Nos queda “Tratamientos experimentales”, “Cuidados paliativos”. No es poco y… bueno, “Pablo”.

– No, no quiero que me hagan crecer, que se yo, ¡una oreja en la espalda! Llamá a Pablo, decile que venga, que yo dije que ya está y que estoy segura.

– Ahá- dijo la hermana sin devolverle la mirada
– Te morís si te digo que estoy viendo que en la cama de al lado del baño está uno de “Los Nocheros”, parece que acaban de ingresar al padre. ¿Lo llamo?
– ¡Eh!, ¡Eh!, ¡Nochero!- Dijo batiendo los brazos a través del vidrio.
– ¿Lo busco?, ¿Te lo traigo?, ¿Nos sacamos una foto con el celular?

– No, no -dijo ella- pero podrías dejar de gritar y sacarte esa nariz.

– ¡La nariz!, ¡Qué idiota! Y yo que estaba presumiendo.

– ¿Escuchaste lo que te dije de Pablo? Preguntó ella

– Si, si, y te dije que bueno, la que no escucha sos vos, ¿ves?
Dijo la hermana y acercando su cara, le susurró dulcemente:
– Que no te vendría mal una oreja extra en la espalda.

Asomando la cabeza como una garza, la enfermera anunció:
– Zeñorita, ya se terminó el tiempo. Uzted no tiene privilegioz.

La hermana se levantó pesadamente solo para detenerse bajo el marco de la puerta.

-¿Quién va a hacer esto por mi?- dijo jugando con la nariz de plástico entre los dedos.

Ella la miró, tratando de sostener los parpados que comenzaban a caer pesadamente al sopor de la morfina y con una voz casi anestesiada dijo:

– Que se yo… capaz que a vos te pisa un camión… No te atrevas a quitarme protagonismo… ahora.

Y sonrió, justo antes de quedar dormida nuevamente.-

Ocho Metros



Cuando quedé nariz con nariz con el delfín, supe que algo importante estaba pasándome.
Hacían varios años que venía temando con que esa cita me era impostergable. Esos asuntos que uno debe hacer, esos sueñitos que no cambian la visión de la vida para nada, pero que dan la pauta que uno no está renunciando, que no se está marchando mansamente hacia el cementerio de elefantes.

Me agarré de la aleta superior con las dos manos y me llevó a dar una vuelta por la piscina. Mi sonrisa era de esas de boca abierta, de modo que tragué una buena porción de agua salada. No pude evitarlo, era de esas sonrisas con vida propia, de esas impostergables.

Siempre fuí la última en llegar cuando el instructor nos pedía que nos desplazaramos, pero ya no sentía el miedo que me produjo a la hora de sumergirnos. Es que había ocho metros de profundidad y yo no se nadar y ese chaleco que me dieron, mas se parecía a un apretado ropaje de buzo que a un instrumento que potencialmente pudiera salvar mi vida.

Cuestión que cada tanto quedaba flotando sola en la mitad de la piscina, como una boyita sonriente.

Todo duró tan poco, pero valió cada dolar por el que me endeudé por casi un año. Valió cada centímetro cúbico de agua salada que tragué.

Volvíamos en la combi, todos mojados y emocianados como se emocinan los niños, que… que… no puedo explicar cómo es, pero estoy segura que es distinto a como nos emocionamos los adultos.

La mujer de adelante dijo a viva voz:
– ¡Ya conocí el Caribe, ya nadé con delfines, ya puedo morir!
– ¡Si!- contestaron los otros a coro

Entonces le susurré al oido:
– Pero… ¿Y París?…
– ¡Cierto… París! gritó
– ¡Si!- contestaron todos a coro

Y asi, la muerte quedó cancelada.-

La Novia Lesbiana de mi Hijo


De lejos se la ve como una niñita de cuerpo frágil, menudo. Su pelo, cortito y esponjoso, y una carita que mereció varios barridos de mirada, de cuadro por cuadro y, ni aún así pude dar con la clave de ese encanto. Un encanto que una lente no hubiera podido fotografiar.

Hola –me dijo- Soy la novia lesbiana de tu hijo.
Yo sonreí.

Cuando se sospecha amor, se puede dejar para más tarde la posibilidad de entender, de qué se trata.

Sigo mirándola. De cerca, se la ve como una niñita de cuerpo frágil y menudo. Su voz, recorre el aire contrastando la ternura del tono con una brutalidad obscena; esa del tipo, que exhibe las heridas sin miramientos.

Me pregunto si una exposición semejante de la intimidad ocultará alguna cosa o si servirá para defenderse de alguna otra.

Mientras la miro, me doy cuenta que soy portadora de una verdad que ella desconoce: ella ya sobrevivió.

Volvemos a casa de mi hijo.
Él y su novia lesbiana van unos metros mas adelante. Hablan como los matrimonios de ancianos: uno completa la frase del otro, se ríen antes de terminar un comentario, produciendo esa sensación tan chocante de quedarse afuera de la comprensión. Casi siempre quedo afuera de esa complicidad inquebrantable.

Se cuidan, se soportan también, soportan sus miserias, casi las atesoran como si se tratara de caricias, y lo son, claro.

Tienen más de 20 años y transitan por la acera haciendo jueguitos escénicos como pasos de una comedia de cine mudo.

Solo una vez antes me conmovió un episodio así: Eran dos niños de 4 y 5 años. El de 5 lloraba y el de 4 no decía nada, solo le puso la mano en el hombro durante casi toda la tarde.

El amor tiene formas extrañas.-

La Madre del Monstruo


Hubiera sido una parejita corriente que pasea por allí, si no fuera porque él era un monstruo. Un síndrome le había diseñado una cabeza desproporcionalmente grande, el rostro torcido y asimétrico, una extremidad atrofiada y algunos desajustes internos.

La gente evitaba sostenerle la mirada por temor a evidenciar el asombro y la pena ante ese bocetito extraño, como un muñeco de plastilina de un niño de 5 años.

La madre, como suelen hacer las madres, había abusado de su cuidado y quizá por eso o por equis motivo, de muy jovencito se plantó frente a la vida como si la vida misma estuviera en deuda con él.

Cuando su novia lo conoció, él era un despojo. Hacía varios días que no volvía a su casa. Él y el grupo de muchachitos que atemorizaban al barrio, se adueñaban de las esquinas, robaban cosas pequeñas para solventar pastillas o una caja de vino.

Ella, era tan linda, aunque no lo sabía. Su sobrepeso, ligero por cierto, acaparaba todo juicio sobre su persona y se evitaba, como si tal cosa fuera posible.

Quería redimirlo, curarlo, de sus vicios, de su madre, de él mismo, y de alguna forma lo hizo. No fue sencillo. La madre del monstruo era brava, se sentía perdida sin poder ejercer su presión amorosa y él era violento con ambas.

La estocada final se la dio embarazándose. Dándole un hijo a ese amor que ella misma había salvado del mal.

Se sintió útil, poderosa, invencible. Todo tenía que salir bien, porque su amor era sobrenatural. A su lado, cualquier estadística empalidecía.

El 5 de Marzo nació un rosado bebe, con el mismo síndrome del padre, aunque ésta vez, fue una niña.-

Fucking Marica


Forzó un encuentro como hacía cada tanto, para ver como se sentía y vio su alta estampa deslucida, la barba desprolija casi completamente blanca, un andar tumbado y la mirada gris. Lo saludó con una sonrisa dividida y un golpecito de bocina. Él respondió con un gesto impreciso. La imagen generada la acompañó unas cuantas cuadras mas, mientras algo parecido a una tibia tristeza la meció como en una hamaca. Se escuchó diciendo: Fucking marica.

Lo hubiese seguido amando pensó, si no hubiera hecho todo lo posible por correrla de su lado.

Esa imagen de gigantón primate al que tanta gente temía, no cuajaba con su tozuda actitud aniñada y cobarde. Nunca había visto a alguien tan enamorado de su propia lápida. Tan exquisito en procurarse desatinos.

Es como su mamá, pensó socarronamente. Aunque ella es experta en quejas y él ni siquiera eso. Es un silencioso doliente, como su papá, se dijo. No es propio, siempre se sospechó de ese anciano manipulador y distante.

No… es un Fucking marica.

Exactamente a la media noche, Eduardo Galeano le contaba sobre la vida. Se durmió con su voz tenue, como si estuviera sentado a los pies de la cama. Le hablaba de mujeres heroicas guillotinadas por razones que no muchos años después, ni se debatirían seriamente, de mujeres poetas muertas en manos de amantes traidores y posesivos, de madres volviendo a parir hijas de nueve años.

La idea que la muerte podía venir por ella por el solo hecho de ser mujer, la estremeció.

“La vida vale la muerte” dijo con solemnidad. Se esforzó por entender si la frase estaba bien formulada pero el alivio repentino que le había producido, hizo que se durmiera casi de inmediato.-

Un Año…


No dejo de buscarte por todas partes. Tenés razón sobre los tormentos de la confirmación de la ausencia en la bandeja de entrada. Así y todo, no dejo de buscarte.

Entrego al escarnio jirones del cuerpo con intención de gozar y si bien no está muy mal, sigue la ruta de una extraña venganza al desprendimiento. ¡Una locura!

¿Cuanto vale esa ilusión? Porque no hay dudas que de ilusión se trata… Como si la realidad fuera una fuente de confianza, mirá vos…

Me quedo así, acurrucada con mi ilusión maltrecha, (que así y todo es lo mas preciado que tengo), y la ausencia, en la bandeja de entrada.

Entre tanto, leo un libro de Irving Yalom que se llama “Un año con Shopenhauer”. Un título un tanto presuntuoso para una novela, voy a decir. Me gusta la narrativa de Yalom, es profunda y graciosa, iluminada y humana también. Va llevándote de la mano por sus historias y sus elucubraciones. A veces da demasiados datos, como queriendo enseñar y allí se pone un poco denso, pero como me lleva de la mano, lo dejo no mas.

Cuenta la historia de un terapeuta, que se me parece tanto, aunque todos los terapeutas nos parecemos, seguramente, que tiene unos 65 años, cáncer y un año de vida. Decide entonces que cosa hacer durante ese año. Como ha sido tan feliz con su trabajo, quiere seguir haciéndolo pero ésta vez, busca a un ex paciente que constituyó un rotundo fracaso en la terapia y quiere volver a intentarlo. No querría llevarse ese fracaso a la tumba.

Ubica al paciente después de 25 años. Solía tener un desorden sexual, una compulsión que lo llevaba, tal como dice, a vivir con la nariz en la tierra en búsqueda de olor a hembra, pero resulta que lo encuentra convertido en terapeuta y así comienza la historia.

Entre todas las elecciones posibles, dice que dijo la madre de Shopenhauer, elijo la que mas me apasiona.

Leído ésto, abrazo mi libro y mis ilusiones maltrechas. No será tan loco entonces.

Sobre lo Inquebrantable


Te juro que no te beso más.
Dejame un ratito así, en tu hombro, el instante de un puñadito de latidos.
En esa espalda constantemente rígida, la paciencia del recién llegado.
La ventana abierta del chat decía: “Mi mamá está ronroneando”.-

Saber lo que va a pasar


Ocasionalmente la nostalgia me desglosa como quien ojea un libro. Me come las entrañas como una bacteria. ¿Las bacterias comerán las entrañas? Quien sabe. Pero si tal cosa pudiera ocurrir, eso es lo que me pasa cuando extraño.

A veces incluso, carece de toda lógica, lo se, no hace falta que me lo digas.

Hay un mundo fantástico donde suelo refugiarme en éstos casos, donde las bacterias se alimentan solo con… arsénico. Pero a veces no hay lugar para mí allí y me quedo acá, en el planeta del desagrado, sola y comida por partes.

Nostalgia, por las cosas que pudieron ocurrir y no pasaron. Bueno, tampoco controlo el mundo, eso lo se, lo se.

Puedo soportar la frustración, puedo aceptar la realidad. Entonces ¡No es justo que la nostalgia me ataque igual!

Anoche, soñé con mi viejo. Soñé que recién comenzaba su enfermedad. Me decía que quería renunciar a sus actividades porque hacía unos días que se sentía mal.

Yo sabía lo que iba a ocurrir, entonces le decía que no renunciara, le decía: ¡Disfrutá todo lo que puedas!, ¡disfrutá ahora!

El me miraba con descrédito.

No pude fundamentar, no podía decirle que comenzaba a agonizar y que iba a morir.
Tampoco podía, como si fura un hare krishna, vestida de túnica naranja, pelada, repartiendo flores en los aeropuertos internacionales, hablarle de felicidad y paz porque si. Porque yo sí tenía una razón, yo sabía lo que iba a ocurrir.

Incluso dormida, me daba cuenta que a veces, saber lo que va a pasar, no sirve para nada.
Esto es una verdad simple, pero en días como éste, me sulfura la carne, me quiebra los huesos, me destrona de mi eje.

¿Dónde se ha visto?

¡Qué quien sea, venga ahora y ponga las cosas en su lugar!
¡Qué exista, todo lo que me prometieron cuando niña, que iba a existir!
O que vuelva a ser niña, hasta que la nostalgia se vaya.-

Militar para Perder


Las almas atormentadas me impresionan siempre como almas infantiles, pero no almas de niños. Los niños solo están atormentados cuando han tenido la mala suerte de haber caído por alguna chimenea cruel.

Aunque debo reconocer que éstas almas atormentadas, suelen servirse de refinados recursos para garantizar su fracaso: Inteligencia ajustada, juicios impecables, belleza. Incluso la belleza, porque también se puede agonizar con mucha gracia. Y los niños no suelen manejar esos recursos con tamaña destreza.

Entonces, cuando el proceso se hace tan exquisito, es difícil captar la fisura que indica que lo definitivo, es que se está militando para perder.

Sabía de ésto, claro, había testimonios por todos lados, pero cuando Germán García lo dijo en una nota, no se si por la autoridad de su figura o la simpleza de semejante expresión, sentí que un figurado martillo me golpeaba en la frente. Un golpecito seco, con ruido y todo. Perturbador a tal punto, que como si fuera la pura verdad, hizo que por unos instantes la vista se me nublara.

El dijo que las personas invertíamos mucho tiempo y esfuerzo para garantizarnos el propio malestar.

Y así no mas será, me dije, mientras veía desfilar por la vista aún perturbada, las nítidas postales que se apresuraban a corroborar lo dicho.

El secreto que asegura ser develado, la carta no enviada, la segunda oportunidad, que cualquier papafritas se merece, por citar algunos.

Finalmente entretejido como la tela de una araña, imposible de desentrañar, se puede quedar de cabeza, manoteando.

¿Cómo se podría intuir que la trampa es propia?

Muy bien. Supongamos por un instante que no todo, digo un 50% de lo que digo, es cierto.
Supongamos que al menos una vez nos ha ocurrido.
Con un solo episodio comprobado ¿Es menester concluir que se puede jugar en contra, partido tras partido? ¿Se puede ir por la vida, caminando de cabeza con lo incómodo que es?

Si el objetivo, por alguna siniestra razón, es procurarse el malestar, entonces no es un error, ni una falla, es un laborioso triunfo el fracaso que se pudo conseguir.

El tema es, que es imposible hacer algo, con lo que se desconoce que tiene el tupé de existir.

Porque algo se debe poder hacer… ¿no?…

Alta Pasión


La pasión tiene un alma indescriptible. Uno podría acercarse apenas a la comprensión porque alguna vez ha sido atravesada por ella, seguramente, pero solo por eso.

Sería incluso un acercamiento tímido, discreto, apenas para decir que hay algo allí, algo del orden de lo mágico o lo brutal, pero no más que eso.

Ni siquiera adhiriendo a una pasión, se puede explicar acabadamente lo que allí ocurre.

Será por eso que cuando me dispuse a ver ese programa sobre montañismo, traté de ahuyentar voluntaria y conscientemente todo tipo de consideraciones banales, que espontáneamente se me imponían. Como por ejemplo: ¿Para qué irán a congelarse a una cima?

Debe haber algo allí, que evidentemente ignoro y por tanto no puedo sopesar, me dije. Sino no se entiende porque un grupo de personas en sus sanos juicios van a someterse a semejantes malos tratos por parte de una naturaleza cruel, arriesgando sus vidas para arribar a un objetivo tan inútil como llegar arriba y volver. ¿No ves que no entiendo? Ignoro lo que sucede allí, me repetí.

¿Y qué decir del esfuerzo de la preparación previa, los chequeos médicos, la elección del equipamiento, la pesada mochila, el ropaje denso y ese extraño gesto de emoción?

Inútil es describir lo que pasó después. Mucho hielo, mucho cansancio y más hielo. Temblorosas mandíbulas tratando de tragar una sopa. Algún acto solidario entre los miembros de esa gente. Solos, allí, en el mundo.

Aunque a fuerza de sincerarme, mientras me extasiaba viendo a esas personas metiendo sus piernas en la nieve hasta las rodillas, aun resonaban en mi mente las palabras que el guía les había profesado, justo en el momento de iniciar la travesía. Él les había dicho: “Espero que encuentren lo que han venido a buscar”.

En ese momento no le di importancia. Mi mente se negaba a entender y por tanto, mis oídos renegaban de escuchar. Pero a mitad del camino, cuando las cosas se ponían cada vez mas duras, fue cuando lo recordé. ¿Qué fueron a buscar?

Lo que sea, era obvio que no estaba afuera sino dentro de ellos y sin embargo, no habían ido a un spa, habían elegido buscarlo sudando la gota helada.

¿Y ellos? ¿Sabían que estaban buscando alguna cosa o será que solo pensaban en una buena dosis de adrenalina?

Claro, mirá si hay oportunidad que aparezca lo que realmente importa, cuando no hay luz, ni gas, apenas ¡una sopa! Una sopa caliente como si fuera un milagro y la muerte ahí, atrás de cada peñasco, soplando avalanchas.

Traté por un instante de imaginarme allí, con los dedos entumecidos, imaginarme cuál sería mi respuesta…

Y los vi bajando, con sus labios ajados y sus caras paspadas, enrojecidas, quizá portando una respuesta que yo no tenía.

Apagué la tele en un silencio nuevo y seguí con la mirada el recorrido del cable hasta el tomacorriente de la pared. Seguí la pared hasta el techo. Viré hacia el camino del piso hasta la cama. Me acosté, me tapé con las colchas y apoyé la nariz en la sabana para ver si todavía olía a recién lavada.-

Dejar pasar el tren


Muy bien.

Todos los que quedamos en banda en el andén, nos tomemos de las manos…

No, era broma.

Es decir, no digo que no ocurra, que hay trenes que por mucho que uno corra, nunca llega a tiempo.

Personalmente, soy de la idea que algún día, en algún momento en medio de esas persecuciones inútiles, uno logra darse cuenta qué cosa ha estado frenando el paso. Porque el tren nunca es demasiado veloz y aunque lo fuera, en algún momento se detiene.

¡Pero hay que estar allí! Esos segundos, dispuestos a pasar esa puerta y comerse el mundo o a esa oportunidad o a esa persona.

Particularmente, me es grato pensar que hay una porción del universo que nos corresponde. Luego, deberíamos ir y tomarla; Como la naturaleza, las cosas que ofrece la naturaleza. Es decir, no todo está privatizado, aun hay espacios sin cercas y sin candados.

Me ha pasado, como a tantos, de seguir corriendo al tren, aun cuando ya había iniciado su marcha y ciertamente ya no hubiese podido subir en él y tocarlo, tocar con la punta de los dedos el último vagón. Como esperando que semejante caricia lo detuviera.

Eso nunca pasó, nunca me esperó. Quizá la próxima.

Ahora bien, como si esto no fuera ya, lo suficientemente intrincado, todavía falta al menos una consideración más.

¿Qué tal de aquel tren que no deberíamos haber tomado?

Y una vez arriba, peor aún, ¡después de haberlo corrido! Damos con que no era el nuestro, porque ese tren no nos lleva a ningún lado o a otro destino indeseable.

Allí, sentados, porque siempre hay asientos libres en los destinos equivocados.

Sintiendo la desprotección, la soledad, la incomodidad de la estupidez, de ser quien no se es.

Esperando, esperando, la oportunidad del camino de vuelta a casa.

Ojalá fuera sencillo reconocerlos a tiempo, saber de antemano cuando embarcar y cuando no.

Me ha pasado, no muchas veces, de saber que no era el mío y correrlo igual y tocarlo con la punta de los dedos, cuando aún estaba detenido. Acariciarlo dulcemente, pero no para rogarle que me espere, sino para decirle adiós.-

El Extraño Rostro de la Terapeuta


Después de tantos años de trabajo, me he vuelto casi inmune al dolor anímico de las personas en consulta, pero la emoción, la emoción es otro asunto.

Cero tolerancia a la emoción ¡Qué cosa!

Cuando abrí la puerta del consultorio, me encontré con los ojos iluminados de Martina.

-“No tenés turno”- Le dije

Que era lo mas lógico porque hacía tres meses, fácil, que no venía.

-“Solo vengo a decirte gracias, ¿se necesita turno para eso?”

– “Si, si se necesita”-  Le dije

Pero Martina ya había entrado, se había sentado y comenzaba a hablar, desbocada, como hacía siempre.

Yo no me senté, había decidido no volver a permitirle que manejara los tiempos de la consulta.

-“Encontré a mi papá”- dijo sonriente

– “¡¿Qué hiciste qué?! Me tambaleé, creo que me dio como un mareo, logré apoyarme en el escritorio a tiempo.

Había tocado su puerta uruguaya y no se fue hasta que todo fue dicho.

– “¡¿Qué hiciste qué?! Bueno, tuve que sentarme.

Durante el último año, el asunto de la desaparición del padre había sido recurrente como el cuento de la Buena Pipa. Transitamos esas cornisas de miedos, bronca, resentimientos, añoranzas y deseos reprimidos, si es que cabe la expresión. Y todos los caminos conducían a Roma (o donde fuera que estuviera)

Eran tiempos de dictadura. Martina era la menor de cuatro hermanos. Demasiado pequeña para recordar cuando todos tuvieron que exiliarse.

Separados, para más seguridad y a escondidas, llegaron a destino pero en ese transito, el papá desapareció.

Durante años lo buscaron a través de embajadas y organizaciones. Pensaron que estaba muerto o secuestrado o en algún campo de concentración de los que abundaban en esa época.

Con Afonsín sobrevino el regreso. Córdoba los recibió con una fiesta y la novedad que el padre vivía, en algún lado estaba, aunque nunca los había buscado.

Pero… ¿Por qué? No lo sabíamos y sin contactarlo, era imposible saberlo.

-“Yo soy tu hija y te llamo porque todavía te estoy esperando”- me contó que le dijo.

¡Lo había hecho! Después de tanta resistencia, contradicciones, después de tanta bronca.

¡Qué pendeja valiente! Pensé.

La emoción me cerró la garganta y durante varios segundos quedé sin respiración.

-“Me dijo que después de tantos años, le daba pánico contactarme”- Le quise decir: Viste que te dije que quería verte, pero no pude, porque seguía sin respirar y cuando logré hacerlo en vez de palabras, se me escapó un llanto atorado.

Ella seguía hablando sin parar, reproduciendo diálogos que quedaban flotando como nubes bajas. Como si no notara mi conmoción. Es que no lo notaba.

Después de un buen rato, mis sollozos fueron más intensos y más libres. Mis ojos empapados como un rio sin cause. A ella no le importaba y a mi, tampoco.

Nos despedimos en la puerta. Los pacientes de la sala de espera de los consultorios linderos nos quedaron mirando.

Quizá porque nos dimos un largo abrazo o quizá no, porque cuando se alejaba con su rostro radiante y tirando besos con la mano, pude ver con el rabillo del ojo, el reflejo de mi rostro en el cristal de la ventana, congestionado y deformado por el llanto.-


Nota: Los datos fueron cambiados para preservar la intimidad. El llanto fue verídico.

El SECRETO


A los 8 años la vida es más simple. Uno ignora tantas cosas que quiere saber. Luego se da cuenta que las hubiera preferido ignorar.

Tenía 8 años y el supermercado donde solíamos ir, tenía un sector con artículos de librería.

Ese día recorría las góndolas con mi mamá y como decía, tenía 8 años. Entonces la vi: Era una señora bajita y morena que guardaba con sus manos temblorosas, puñados de lápices negros en su bolso.

Yo quedé extática frente a tamaña escena, apreté la mano de mi mamá. Ella dijo algo sorprendente, aunque a esa edad, la sorpresa siempre está vigente.

Ella dijo: “Pobre mujer, no la mires”

¡Pero ma! Dije. A los 8 años se dice esa frase varias veces por día.

Ella estaba robando y mi naturaleza diminuta carecía de matices: eso estaba mal. Había imaginado algún espectacular operativo policial y la foto de mi dedo, mi pequeñísimo dedo, señalando a la villana delincuente en la portada del diario local.

¿En qué momento habían cambiado las normas? ¿Con qué criterio, bajo qué ley, esa ladrona se había convertido en una pobre mujer?

¡¡¡Pero… ma!!!

“¿Lápices negros?” Retrucó, “debe ser una maestra”.

¿Una maestra? ¿Cómo una maestra? Pensé. La maestra es la que enseña a no robar. Mi Seño jamás haría eso.

Imaginé a esa mujer bajita volviendo por parajes polvorientos con su botín de lápices negros. La imaginé en clase con su delantal blanco, repartiendo lápices negros con la misma cara de mi Seño. Me di vuelta para recordar su rostro y buen trabajo que hice porque aún lo recuerdo.

Nunca supimos si la mujer era una ladrona corriente o una maestra a cargo de niños necesitados, pero ese día supe por primera vez, que esto podía pasar. Que no había leyes para los niños sin lápices.

Nunca conté ésta pequeña historia a nadie, nunca.

He guardado éste secreto todos estos años, por las dudas fuera cierto.-

El Día del Simio


Botón rojo:  descarga eléctrica

Botón verde:  banana

La potestad deslumbrante del rojo no es un secreto, cualquier estudioso de Marketing lo sabe.

Descarga eléctrica…

Descarga eléctrica…

Descarga eléctrica…

¡Ay! Mejor Banana

La parte más primitiva del cerebro, el cerebro reptil, maneja la cosa de supervivencia y el neocórtex, parece que es la más evolucionada. Allí se procesa la idea de los otros.

¿Y el Simio?

El simio aún se debate entre el botón verde y el colorado.

El auto boicot ¿Dónde se ubicará?

Pienso esto mientras el botón rojo continúa produciéndome un efecto hipnótico.

El botón verde es aburrido, apagado, rutinario.

El rojo me hace promesas, me dice cosas, me engaña.

¿Por qué será que hay rutilantes conclusiones que se hacen temporarias y otras simplemente imposibles?

La realidad se impone nefasta, la miro de re ojo y vuelvo a la disquisición de botones, como si fuera una cuestión irresoluta.

Pienso en los débiles, en esos que deberíamos proteger si fuéramos civilizados, pero la botonera me recuerda que esa es otra conclusión temporaria.

Hay un reptil en mi cabeza, en la parte más trasera para ser precisa, que me indica que supervivencia incluye el cable e internet y eso me hace más simio que nunca.

Pienso en niños robadores, niños matadores. Pienso ¿Cuál es la debilidad allí?

Pregunto si los niños débiles son niños de todos y ninguno pregunta por ellos hasta que son robadores y matadores, entonces, entonces esa conclusión se hace imposible.

Sigo sentada allí.

Me deslumbra lo que deslumbra a todos. Consumo bosta, como los otros. Quizá porque, como si fuera un castigo merecido, contabilizamos muchas, muchísimas descargas y muy pocas bananas

El Cuerpo Injuriado


Ésta mañana había despertado con un gusto raro en la boca, quizá a causa de un olor hediondo, ligeramente ácido que venía de un lugar indeterminado.

Era un buen día para cambiar de cuerpo.

Se me pasó por la mente que tal vez lo que hedía no venía de la carne sino del sueño. Las pesadillas apestan como las depresiones viejas y anoche había tenido una pesadilla espantosa.

Dejé rápidamente esa posibilidad pasar de largo y abrí el ropero de cuerpos. Elegí uno un poco más fibroso y menos voluptuoso que el que llevaba puesto y lo aparté.

Frente al espejo desprendí el viejo cuerpo que se deslizó por los blancos huesos hasta caer arrugado a mis pies.

Calzarse el nuevo cuerpo siempre se pone un poco complicado, requiere de algunas maniobras algo chistosas, como con un jean recién lavado.

Tomé la vieja carcasa, me senté al borde de la cama y me quedé mirándola.

Siempre me da nostalgias el viejo cuerpo y éste en particular había durando bastante poco tiempo en condiciones. Es que fue una temporada de muchas presiones en el trabajo. Las tensiones me destruyen la parte de acá… en los hombros y la espalda.

No duermo bien, eso también me desacomoda el metabolismo y la comida… bueno, tanta cosa.

Si fuera al médico, quizá. Pero odio a los médicos, no soporto el olor a los hospitales.

¿Ves éste tumorcito de acá? Capaz que lo hubieran detenido a tiempo. Bueno, ya no importa.

Anoche tuve una pesadilla espantosa. Soñé que nacíamos y moríamos con un solo cuerpo, ¡Solo uno para toda la existencia!

Soñé que había que cuidarlo y curarlo si se enfermaba porque y escuchá esto: Si el cuerpo moría, uno también ¡Una locura!

Se me paran los pelitos de los brazos cuando recuerdo.

Soñé que no existían placares de cuerpos y que allí solo se ponía ropa y zapatos.

Y que el cuerpo hablaba con su lenguaje de cuerpo ¡Callate! Que había que escucharlo y oportunamente hacerle caso. Cambiar de estilo de vida, si su señoría el cuerpo, no soportaba el que uno elegía.

Anoche tuve esa pesadilla horrible.

Soñé que el cuerpo no podía ser injuriado



El Sombrerero o la Teoría del Tiempo perdido


Lacerante como una herida que se empeña en no curar, aparece el recuerdo, mas vivo que nunca, del tiempo perdido. Sin embargo esta formulación surge sólo cuando ya se ha salido de él e insiste lacerante ¿Será posible?

Mientras la escena está en juego, embaucados, entrampados, puede surgir en mas de una oportunidad la idea que perdemos el tiempo, pero prima la certeza que no puede hacerse otra cosa, que no hay recursos, que hay otros que impiden, que no somos dignos.

Cuando finalmente desaparece la bruma, insiste la idea: “¿Cómo no lo hice antes?” y algo de ese castigo continúa. Primero porque no podía, luego porque debió ser realizado antes… ¡Qué condena!

A los ideales inalcanzables que habitan el lado oscuro de la mente, a esos ideales tiranos a los que nada les viene bien les digo: ¡Basta!

Y al tiempo… al tiempo… No, no le digo nada al tiempo y tengo razones sobradas.

Es en honor a Alicia (la del país de las Maravillas) que se sienta a tomar el te de las 5 en punto a la mesa del Sombrerero, junto a la liebre caótica y otros bichos. ¿Recuerdan la escena? Bueno, les cuento:Mientras tomaban el te contaban chistes que no eran graciosos porque no tenían remate, y un chiste sin remate es como una historia absurda. Peor que eso, antes de terminar el té, el Sombrerero gritaba: “¡Las 5 en punto!” y retiraban las tazas a medio tomar y servían de nuevo. Luego de unos minutos amenizados de chistes malos, nuevamente ¡Las 5 en punto! Y a cambiar las tazas.¡Qué repetición tortuosa!

Alicia, habituada a vivir las cosas mas extrañas por entonces, pone sus quejas al Sombrerero, acaso fuese la forma mas ridícula de matar el tiempo y entonces, el silencio se hizo. ¿Matar el tiempo? ¿Cómo se atreve? El Sombrerero susurra: “¡Mirá si te escucha el Tiempo!” Yo me he peleado con el Tiempo –explica- y se enojó conmigo… y desde entonces el Tiempo no ha vuelto a hablarme, no ha vuelto a pasar, condenándome a una vida entera siendo las 5 en punto. No puedo hacer otra cosa sino tomar el té una y otra vez.

Terrible. Desolador.

Por eso digo que perder el tiempo, quedarnos sin él, nos condena a una vida absurda. Entonces, salir de ese entuerto, amigándonos con el tiempo para que siga marcando las horas, no debería recordarnos sino una proeza y jamás un tormento ¡Habrase visto!

(Dedicado a aquellos que como yo, han padecido temporadas, atrapados en esa hora, en las 5 en punto, ignorados siempre por el Tiempo)



LA MALICIA


 

Merlina es mala.

Merlina, mi gata, juega con una pelusita y espera, yo se que espera. En un momento se queda quieta, como petrificada y mis perritos, que son como tonto y retonto, tarde o temprano se acercan a curiosear. Entonces, cuando están suficientemente próximos, Merlina les manda unos zampazos traidores, de esos de uñas afuera. Después, ¿sabes? Yo juraría que se sonríe.

La escena se repite una y otra vez y los perritos siempre caen en la trampa y ella, ella siempre sonríe.

Existen personas estructuralmente malas y otras, como la mayoría de nosotros, que cada tanto desempolvamos unas maldades, así, de morondanguita.

Igual, todos somos capaces de hacer cosas espantosas. Hay estudios de laboratorio (conductuales) que lo han demostrado ya en la década de los `60.

Una tecla adecuada puede activarnos a cometer hechos que jamás hubiéramos imaginado.

Nos puede motivar la bronca, la venganza, la frustración, algún viejo trauma actualizado, que se yo, tantas cosas.

Así y todo, nada se parece a la malicia.

Durante un buen tiempo estuve intrigada con este tema. Entrevisté a abusadores y violentos, me ponía cerquita de la pantalla de la tele cuando hablaban dictadores o asesinos seriales y trataba de ver a través de sus ojos ¿Qué hay detrás de los ojos de esos depredadores? Pretendía descubrir una clave, una señal que me indique qué está pasando allí y porque.

Un día no busqué más.

Aprendí que pase lo que pase y cualquiera que fuera el motivo, la malicia no cambia, no muta, no se cura.

(Huir de ella es un buen proyecto de vida)

Detrás de los ojos de la malicia no pude ver nunca nada, no hay culpa, ni tristeza, ni siquiera el espanto y no pude ver nada porque detrás de los ojos de la malicia no hay nada, solo una sonrisa.

VEO GENTE MUERTAAA


La terquedad tiene sus ventajas también. Esa tozudez medio equina que no reconoce abismos. Navega entre la inconciencia y la magia, e incluso puede hacer que existan cosas que no existieron nunca.

Increíble o no, fui testigo de esto y te digo que emociona.

Pero ¿Será que hay ciertos desprendimientos que reclaman ser realizados?

Me refiero a eso de tentarse en insistir con cosas que fueron, pero que ya no son más.

¿No será momento de quemar esas cartas? Dejar que la gente se vaya, que haga espacio, que tampoco hay tanto lugar.

Después de todo un pasado bien instalado se lleva en el cuerpo, no pesa y ciertamente no debería doler tanto.

Mientras que vivir rodeado de tanto muerto, de ideales caídos en desgracia, de sueños vencidos, de tormentos inútiles, va deteniendo el rumbo, contaminándolo todo.

¿Y qué tal de la frustración y el resentimiento que genera?

Que se va hinchando como un rococo, cerca de reventar.

(Evitar reventar como un rococo es un buen plan como para empezar)

Despejar de distracciones el verdadero fondo del asunto, para poder habitar en él, sin necesidad de permisos ni disculpas. Como quien se quita ropaje en un día cálido, porque si, porque nunca, nunca, nunca, hizo tanto frío como para justificar semejante carga.-

 

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